14 agosto 2012

EL ÚLTIMO TREN


Una nueva locura de la que espero disfrutéis.



EL ÚLTIMO TREN



La BlackBerry vibraba de nuevo en el interior de su bolsillo y no pudo evitar exhalar un suspiro mezcla de cansancio y resignación. Estaba claro, tenía un nuevo apéndice que le iba a costar amputar. Echó una ojeada a la pantalla: Antonio, su jefe. Decidió no responder. No se trataba de nueva e irreconocible rebeldía sino que había llegado el momento de subir al tren, buscar su asiento y acomodar el equipaje. «Luego le llamo» pensó, y billete en mano se encaminó al vagón.
Tomó asiento y mientras buscaba la llamada perdida para devolverla, la anciana que de pronto estaba sentada a su lado le dejó claro que ansiaba entablar conversación. «¡Oh Dios! ¿Por qué yo?» pensó a la par que la miraba con la más agradable de su repertorio de falsas sonrisas.
─Perdone, ¿me decía algo? ─le preguntó educadamente.
─Sí, hijo, te preguntaba si estabas de regreso a casa ─respondió la anciana
─Sí, sí, vuelvo a casa ─dijo mientras repasaba en su cabeza todo lo que debía hacer cuando llegara: «El traje a la tintorería… llamar al Sr. Domínguez para que me confirme la fecha de la próxima reunión… pasar por la oficina a recoger el informe de Industrias Artenorte… ¡y quedarme! porque seguro que Ramírez ha accedido a vernos… ¿Debería cambiarme de camisa?».
─¿Estas casado? ─continuó preguntando la anciana interrumpiendo su retahíla.
─Sí, sí, estoy casado ─«Qué mala es la soledad, ¿qué le importará mi estado civil?» pensó.
─Oh, ¡es estupendo! Entonces tienes a alguien que te espera en casa y eso es todo un regalo ─exclamó la anciana.
─Sí, sí, tengo mucha suerte ─«¿Avisé a Silvia de que no podré pasar por casa hasta la noche?» dudó. Si el jefe le había llamado seguro que era para decirle que Ramírez había confirmado que podría pasarse por la oficina al final de la tarde, algo con lo que ya había contado de antemano. Ramírez sabía lo que le convenía a su negocio. «Tengo que devolver la llamada a Antonio ¡ya!» recordó, y de nuevo centró toda su atención en su pequeño e indispensable dispositivo. ¿Cómo? ¡Tenía 4 e-mails nuevos! Y un mensaje de texto de Silvia: “Qndo llegas? Llámame” «Joder, no la he avisado».
─¿Hijos? ─intervino de nuevo la anciana.
─¿Cómo? ─preguntó desconcertado al darse cuenta de que esa mujer no se daba por vencida.
─Que si tienes hijos ─parafraseó inquisidora.
─Sí, tengo un hijo.
─Oh, ¡es maravilloso! Los hijos nos dan tantas alegrías, y también preocupaciones pero… merece la pena disfrutarlos. ¿Qué edad tiene? ─continuó.
«¿Cuántos años tiene? ¿Va a hacer 5 ó 6?» intentó contar mentalmente el número de velitas que aparecían en la fotografía de su último cumpleaños. No era capaz de visualizarla, ¿cómo podía no recordar la edad de su hijo? La mujer intuyó sus dudas y le espetó:
─Bueno, a veces la vida es una vorágine en la que las cosas más importantes se pierden entre lo más banal, querido.
«¡¿Lo más banal?! ¿Acaso está insinuando que mi vida está llena de banalidades? ¡Lo que me faltaba por oír!»
─Tengo muchísimo trabajo, viajo constantemente, mi mujer se ocupa de los cumpleaños y todas esas cosas. A veces simplemente me despisto ─se justificó lleno de un dolor desconocido.
─Pues eso hijo, las cosas importantes de esta vida se nos pierden entre lo más banal.
─El trabajo no es algo banal ─respondió él irritado.
Sí, estaba enfadado pero no tanto con la anciana como con él mismo, ¿cómo podía no acordarse de la edad de Miguel? ¿Cómo podía no haber avisado a Silvia? ¿Qué día habló con ella por última vez? Llevaba varios días fuera y no tenía noticias de casa, sólo mensajes y llamadas perdidas de su esposa que se perdían entre las de tanta gente ajena como llenaba su agenda.
─Lo siento hijo, tal vez me he excedido en mi apreciación. Efectivamente es fundamental ser trabajador en este mundo donde el dinero es el más valioso de los metales ─respondió la mujer con expresión apenada y continuó ─pero la sonrisa de nuestros hijos… los besos de nuestra pareja… las caricias de nuestros padres… los abrazos de nuestros amigos… son… ─suspiró y tras una pausa añadió ─Ahora que a mi edad mis hijos se han ido a trabajar lejos, que mis padres me velan desde el cielo, y que he sobrevivido a mi marido y amigos… Ahora es cuando lo importante y lo banal cobra un significado muy diferente al tuyo. Es tarde para mí pero puede ser el momento para ti
La vibración de la BlackBerry en la palma de su mano le sobresaltó, se había quedado prendado de la profunda y húmeda mirada de la mujer. Desconcertado miró la pantalla: el jefe. Descolgó y dijo:
─Mañana hablamos Antonio 
─¿Cómo que mañana…? ─escuchó a lo lejos mientras apretaba el botoncito rojo.
Levantó la vista del cachivache diabólico y cuando se disponía a continuar la conversación con… «Increíble, ¡ni siquiera le he preguntado el nombre!» se encontró con un asiento vació. «¿Dónde se habrá metido?¡Si ha sido un segundo!». Se levantó y la buscó con la mirada, inquieto. Entonces la chica que estaba sentada al otro lado del pasillo le preguntó:
─¿Está usted bien? ¿Busca a alguien?
─¿Ha visto a dónde ha ido la anciana que estaba sentada a mi lado?
─¿Perdón?
─Sí, una mujer pequeñita con el pelo y el vestido blancos ─insistió gesticulando para apoyar su descripción.
─Disculpe Señor pero ha viajado solo. Nadie ha ocupado ese asiento 


11 comentarios:

  1. Bien escrito, bien hilado.
    Me ha gustado mucho.
    Un beso

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  2. Hola Anuca pasaba para avisarte que tenes un premio en mi blog, besis!

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  3. Muchíiiiiisimas gracias pro acordarte de mí Isabella!! Es un gustazo!
    Muuuuuuuaksss

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  4. Hola Soy Lourdes socia de El club de las escritoras.¡Muy bonito! Me gusta como escribes, estaré por aquí. Cariños, Lou.

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  5. ¡¡Bienvenida Lourdes!! Muchísimas gracias por tus palabras y por quedarte en mi rincón.
    Un abrazo fuerte

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  6. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  7. Hol! Te sigo desde el Club de las Escritoras. Espero leerte seguido. Besos!

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    1. ¡¡¡BIENVENIDA BARB!!! Estás en tu casa

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  8. Ayyyy, qué bonito, me ha encantado y me ha hecho reflexionar mucho. ¡Gracias por publicar ese tipo de cosas!
    Y gracias por seguirme, yo hago más de lo mismo.

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    1. Muchas gracias a ti Mae, por visitarme y por leerme. ¡Eres bienvenida!
      Un abrazo

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