09 octubre 2012

TRUCO O TRATO

¡Hola a todos!

Este mes la Revista Literaria Palabras ha dedicado su número a Halloween y, ni corta ni perezosa, me he animado a participar bordando un tejido con unos colores que no había probado hasta ahora.

Así que... aquí os dejo  una "nueva locura", espero que os guste:

TRUCO O TRATO

–¡Daniel! ¿Acaso has perdido la cabeza? –le respondió Claudia entre atónita y escandalizada. 

La determinación de la expresión y las palabras de Daniel le habían helado la sangre, si es que ésta podía perder más grados.

–Sí, hace algo menos de un año, Claudia. Y te recuerdo que perdí algo más que la cabeza –ironizó Daniel con una sonrisa entré pícara y maliciosa.

–Comprendo que es tu primer Halloween, que el dolor aún no ha perdido intensidad y que la oportunidad es muy tentadora pero, Dani, debes resistirte, por favor –suplicó ella.

–¡No! Como bien dices es mi oportunidad. La mejor que tengo, la única que tengo. Me mezclaré entre las almas que vagan buscando redención y pasaré inadvertido. ¿No lo comprendes? Será sencillo, es un día de mucho revuelo, el mejor para que nadie se dé cuenta de lo que voy a hacer.

–Si Él se entera… ¡Oh, Daniel! Si Él se entera el próximo año tú también buscarás redención, ¿lo sabes, verdad? Pedro no volverá a abrirte las puertas, bien sabes que no les gusta que participemos de este tipo de fiestas paganas –Claudia no se daba por vencida pero cada vez tenía menos esperanza.

–Lo sé y no me importa. Correré el riesgo. ¡Tengo que correrlo! ¡Necesito… necesito tocarlas! Sentir de nuevo los suaves cabellos de Isabel entre mis dedos y por primera vez las mejillas de mi pequeña Estela en las palmas de mis manos –dijo con desesperación mostrándoselas─, Ya no puedo conformarme con observarlas en la distancia, es como quedarse pegado al cristal de la tienda de dulces sabiendo que no tienes ni una moneda, es… una tortura –concluyó dejando caer sus brazos a ambos lados del cuerpo con rendición.

–Para mí tampoco ha sido fácil dejar a mis seres queridos, y comprendo que, tener que partir sin haber podido sostener a tu hija ha sido desgarrador pero, Daniel, te estás jugando mucho. ¡Si te ves obligado a vagar para toda la eternidad ya ni siquiera podrás observarlas! Piénsatelo, ¿vale? El dolor se mitigará, te lo prometo, ¡lo sé!, llevo más tiempo que tú aquí.

–No tengo nada que pensar –respondió tajante Daniel. Su rostro, de pronto endurecido, dejaba claro que no había marcha atrás.

Daniel estaba decidido a visitar a su esposa y a su hija. La muerte le había sobrevenido sin llegar a conocer a su pequeña y ya no le bastaba con contemplarla desde el mirador del cielo. La noche de Halloween era perfecta: miles de espíritus vagaban por los camposantos buscando su salvación, así que sería fácil mezclarse entre ellos y llegar a casa de Isabel y su hija, a su casa. Sólo había un problema, mejor dicho dos. El primero era que de ser descubierto tal vez ya no pudiera volver y tendría que enfrentarse a una eternidad que, sin duda, convertiría la actual en un azucarillo. Y el segundo residía en que, en este ir y venir de almas e invocaciones realizadas por inexpertos que se lo tomaban como un juego, el lado oscuro podía hacer acto de presencia y… en ese caso, nunca es conveniente pertenecer al otro bando. Pero Daniel estaba dispuesto a asumir todos los riesgos posibles y probables. Comprendía la preocupación de Claudia, ella lo había acogido y ayudado como una madre desde el principio conmovida por su drama personal, pero no estaba dispuesto a dejarse convencer.

Llegó el día y Daniel comenzó el descenso evitando la angustiosa mirada de Claudia. Cuando percibió el asfalto bajo sus pies se sintió aturdido: ¡ya no recordaba esa firmeza! Primero trató de ubicarse. Miró en derredor y, para su sorpresa y alegría, descubrió que no había calculado nada mal para ser novato y se encontraba en la urbanización donde había vivido desde su matrimonio con Isabel. Ahora, sólo tenía que buscar la casa.

Mientras caminaba no podía evitar maravillarse. Estaba conmovido por volver a sentir de un modo tan próximo la experiencia de la vida. Calabazas en las puertas, telas de araña en los porches, gorritos de brujas ocultando flequillos, pequeños zombis llenos de vitalidad, Frankensteins que no levantaban un palmo de suelo… Todos ellos ataviados con bolsas repletas de chucherías, caramelos y demás manjares infantiles. Una algarabía que ignoraba su presencia y que le hacía sentir «vivo» una vez más.


Y así, distraído, sin apenas darse cuenta del espacio recorrido ni del tiempo transcurrido se encontró con la casa de Isabel, con su propia casa. La emoción anudó su etérea garganta. Iba a hacerlo, por fin iba a hacerlo. Escudriñó los alrededores, la consciencia de que estaba incumpliendo las reglas le sacudió de pronto, con vehemencia, sin anestesia; y comenzó a temer por la posibilidad de que no todo saliera como esperaba. Sacudió la cabeza rápidamente en un intento de alejar sus ideas fatalistas. Por fin estaba donde quería y a punto de hacer lo que tanto ansiaba, así que abandonó su ensimismamiento y comenzó a avanzar hasta entrar en la casa.

Todo seguía igual que siempre. Reinaba el silencio, ¿y el aroma…? ¡Oh, sí! Podía percibirlo con tanta claridad que no tuvo más que cerrar los ojos para poder viajar en el tiempo, a un tiempo que sabía que ya no volvería. Aún conmovido por su capacidad para apreciar los olores, facultad que creía perdida, caminó despacio hasta la que fue su habitación parándose frente a todas las fotografías: algunas eran retales de momentos pasados y felices, y otras… otras reflejo de que la vida había seguido su curso aún a pesar de que él ya no podía seguirle el ritmo.

La puerta de la habitación estaba arrimada y podía ver la tenue luz de la lamparilla de noche. Por un momento el pánico se apoderó de él: ¿y si estaba despierta? Ella no podría verle pero… ¿podría soportar él esa imagen tan viva y no poder hablarle?, ¿sería capaz de acariciarla igualmente?, ¿sentiría ella algo? El aluvión de interrogantes lo aturdía así que decidió ponerle freno y seguir adelante. Si ahora se echaba atrás, se habría arriesgado para nada.

Empujó la puerta despacio y… allí estaba ella, dormida con Estela a su lado. No estaban bien arropadas, ni la postura de Isabel era la más cómoda, el sueño parecía haberles sobrevenido de forma inesperada. Se acercó con sigilo para no despertarlas, había olvidado por completo que él ya no necesitaba ser sigiloso entre los vivos. Estaba maravillado contemplando la estampa cuando por fin se decidió a hacer lo que había venido a hacer. Besó a Isabel en los labios. Sentirlos tan cálidos sobre los suyos tan gélidos le produjo… ¡tal excitación! que pensó que solo por eso Pedro ya le habría echado el cerrojo a las puertas del cielo y por primera vez se sonrió ante tal pensamiento. Isabel se removió pero no abandonó los brazos de Morfeo, así que Daniel continuó disfrutando del momento. Posó su mirada sobre Estela que dormía plácidamente succionando su chupete de vez en cuando. ¡Era tan perfecta! Tener tan cerca ese pedacito de su ser… ¡era una experiencia única! Sí, se parecía a él, o al menos eso quería creer porque así sentía que una parte de sí mismo no había abandonado a Isabel. Le acarició sus mofletes de retoño y percibió el olor a nueva vida. Cerró los ojos. ¡Por fin había podido experimentar lo que tanto ansiaba! Pero cuando volvió a abrirlos…

–¡Truco o trato!

Daniel se giró sobresaltado y ahí estaba, ataviado con el más elegante de los trajes y una corbata roja que hacía juego con unos ojos penetrantes que, una vez te conectaban, impedían que pudieras fijarte en otra parte de su cuerpo. Se había dado el segundo de los problemas posibles y probables, y al darse cuenta de ello, Daniel sintió que el suelo se abría bajo sus pies.

–Hola, Lucio

–Vaya, veo que me has reconocido y… ¿a qué debo el honor? –preguntó aproximándose.

–Yo preguntaría más bien a qué debo yo el honor –respondió Daniel armándose de valor al sentirle más cerca, demasiado cerca.

–No juegues conmigo, angelito – respondió Lucio entre amenazante y socarrón.

–No soy un ángel –le corrigió Daniel secamente.

–Bueno… bueno… tecnicismos… para mí todos sois angeluchos que aletean entorno a Él –aseveró Lucio condescendiente.

–No somos…

–¡No sigas por ese camino blanquito! Hoy no es el mejor día para cabrearme. Los discípulos de tu jefe llevan flores a sus muertos y otros hacen fiestas ridículas, pero tú y yo sabemos que lo que anda suelto por ahí tal día como hoy no te deja en muy buen lugar si tienes en estima tu alma.

–¿Qué es lo quieres? Porque imagino que no se trata de una visita de cortesía –Daniel quería llegar de una vez por todas al fondo del asunto. Ya le habían advertido de lo enredantes que podían resultar sus palabras y no quería verse abocado a no poder salir de su maraña de intrigas. Lucio era tema de conversación frecuente, así que la ventaja con la que jugaba es que conocía parte de sus estratagemas.

–Vamos… vamos… Daniel… No hace falta ser tan frío. ¡Oh, es verdad! –exclamó tapándose la boca una mano. Se me olvidaba que ahí arriba no os sobran grados precisamente. A lo mejor deberías plantearte arrimarte al calor de mi hoguera –insinuó, mirando fijamente a Daniel con sus ojos llameantes.

–No, gracias. Si es eso lo que buscas pierdes el tiempo conmigo –Daniel empezaba a impacientarse así que optó por llevar a Lucio donde quería de una vez por todas.

–¡Oh! Me enterneces, Daniel. ¡Menuda firmeza! Veamos si sigues pensando igual cuando acabemos esta conversación

–Te repito que no me interesa –insistió Daniel y se dispuso a abandonar la habitación. Tener a Lucio en el mismo lugar donde su mujer y su hija dormían plácidamente le ponía los pelos de punta.

Lucio le agarró con firmeza el antebrazo justo en el momento que pasaba a su lado intentando rebasarle.

–Son preciosas, ¿verdad? –dijo sin apartar la vista de ellas ni disminuyendo la presión de su sujeción. Sus ojos volvían a brillar con la intensidad del fuego.

Daniel se zafó de su agarre y, apretando los puños con fiereza, respondió amenazante.

–Ni se te ocurra acercarte a ellas, ni te plantees siquiera la posibilidad de…

–¿La posibilidad de qué, Daniel? ¡No seas ridículo! En realidad, ellas no me interesan, me interesas tú.

–¿Yo? ¿Y por qué yo? Camélate a alguno de los andan por ahí buscando ser exculpados. Hoy los encontrarás a montones y seguro que sabrás cómo llevarlos al huerto –La alusión de Lucio a Isabel y Estela le había sacado de sus casillas.

–¿Qué por qué tú? Sencillo. Disfruto mermando Su gru-pi-to –respondió dibujándose en su rostro una sonrisa maquiavélica–, y tengo algo que ofrecerte que estoy seguro te resultará más que interesante –añadió.

–No lo creo –dijo Daniel con firmeza.

–¿Has disfrutado de estos minutos con tus chicas?

Daniel abrió los ojos como platos, la furia le invadía de tal forma que fue incapaz de articular respuesta alguna.

–En realidad, no necesito que me contestes. Lo sé. Tengo la certeza absoluta de que ha sido unos de los mejores momentos que has… ¿vivido? desde que estiraste la pata. Y, ¿sabes?, conmigo no tendrías que esconderte para disfrutar de esto –acompañó sus persuasivas palabras de la extensión de su mano en dirección a la cama.

Daniel se quedó boquiabierto. Debería haber previsto que iba a tentarle con lo que más deseaba y… ¡qué difícil era manejar esa tentación!

–No conseguirás embaucarme, Lucio –afirmó con menos convicción de la que había mostrado hasta ahora.

–¡Oh, vamos, Daniel! No quiero embaucarte. He sido claro contigo al llegar: truco o trato. Te acabo de explicar qué gano yo y qué consigues tú con el trato. Y, entre nosotros, angelito –se aproximó al oído de Daniel y continuó en un susurro– no querrías saber en qué consiste el truco.

Un escalofrío recorrió la espalda de Daniel, sabía que consistiera en lo que consistiera, su mujer y su hija no saldrían bien paradas.

–Si les haces algo, entonces jamás me conseguirás ─dijo desesperado.

–¿Con quién crees que estás hablando? ─Lucio comenzaba a perder la paciencia–. ¡¿Acaso crees que me importa?! Si no llegamos hoy a un acuerdo, llevaré a cabo mi «plan B» en el que ellas tienen un papelón y me olvidaré de ti para siempre. Te advierto que yo no doy segundas oportunidades –afirmó con una mueca cruel que suavizó para luego continuar–: No te entiendo. Daniel, te estoy ofreciendo disfrutar de ellas para siempre a cambio ¿de qué?, ¿de pasarte al bando caliente? Vamos… ¡no es para tanto! No lo pienses, Él será incapaz de mejorar mi oferta.

Daniel no podía creerse que estuviera en esa situación. Claudia le había advertido del castigo que los suyos podrían tenerle preparado, y se habían preocupado tanto por eso que habían ignorado otros peligros.

Entonces, la pequeña Estela comenzó a llorar despertando a Isabel. Ésta la acomodó entre sus brazos acunándola y calmándola. Daniel se vio absorbido por la escena. La voz de su mujer acarició sus oídos y los jugueteos de su hija alegraron su corazón. Verlas en movimiento era impactante, emocionante. La estampa era… ¡lo más bello que había visto desde que el tiempo ya no corría de igual manera! Sus ojos se humedecieron y supo que no había escapatoria: desconocía hasta que punto Lucio sería capaz de hacerles daño pero podía imaginárselo y no lo permitiría. Por otro lado, supo que desde el principio era capaz de vender su alma por ellas, por seguir disfrutándolas; y tuvo la certeza de que de entre todas las opciones que estaban a su alcance se entregaría al mejor postor. Muy a su pesar, Lucio ostentaba ahora mismo ese título.

–Lucio, prepara tu bolsa, intuyo que esta noche la llenarás de caramelos.

Y éste, triunfante, miró a Daniel con satisfacción. Se sentía hambriento, ardiente, exultante. Sabía que despertar a la niña era la mejor baza que podía haber jugado.



    Imagen cortesía de: http://www.freedigitalphotos.net




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Podéis disfrutar de esta labor y muchas más en:


 














6 comentarios:

  1. Muy buen relato Anuca, te llega al corazón.

    Un beso.

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  2. Enhorabuena por el relato, me ha gustado mucho. Besos.

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    Respuestas
    1. Me alegro muchísimo Rocío!! Muchas gracias por leerme! Un besin

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  3. Anuca!!! Aishh, me encantan tus relatos, ya lo sabes jeje Y este a pesar de tratar de temas un tanto tistes y oscuros es muy tierno.
    Creo que si yo estuviese en el lugar de Daniel hubiera hecho lo mismo, no se me da bien resistirme a tentaciones y más si uno está muerto y tampoco es que pueda perder mucho.
    Y que cabrito el Lucio hee, digno de estar en la zona caliente jeje
    Un relato genial guapi =)
    ¡Un besazo!

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    1. ¡Muchísimas gracias Loida! Ha sido un pequeño reto pues no es del estilo de lo que suelo escribir, pero en cuanto la revista propuso el tema me animé a probar. Me alegro muchísimo de que te haya gustado =D
      Un besito

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